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¿Por qué miles de personas deciden renunciar a su trabajo?

 Querido empleador, me preguntaste ¿por qué querría cambiar de trabajo? Acá te dejo mi respuesta. 


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Me levanto de lunes a viernes a las 7 am, me baño, visto y salgo máximo a las 7:40 am, para llegar puntual a trabajar.  No sabes cuanto me cuesta levantarme y no por flojera, sino por los cambios de humor que al pisar la oficina empiezo a experimentar. 

 

Al llegar, "buenos días a todos" y tú ni te dignas en contestar. Soy optimista, lo repito todos los días con la esperanza de que, en algún momento, los buenos modales se peguen cuál enfermedad. 

 

Acontece la mañana y estás como halcón a mi espalda. Pasas más tiempo dando vueltas y controlando, que trabajando. A veces me pregunto si tu trabajo es solo de vigilar o si de verdad cumples alguna función más. Sabes que soy buena empleada, doy el 100%, ya no por querer resaltar, sino para no escuchar tus discursos alejados de verdad.  Si lo hago bien, es mi trabajo, no cumplo con nada más. Si lo hago mal, "tantas personas quisieran tu lugar". 

 

Tienes momentos de aparentar el papel de líder, me preguntas qué opino y qué pasa, y por un momento me vuelve el alma al cuerpo. Me pongo en pie, elaboro mi reporte, te digo que anda mal y en qué podemos mejorar. Pero espera "todo esto está mal, yo creo que deberías trabajar más o alguien tu puesto va a ocupar". Qué balde de agua fría, retroalimentación no es una frase que usaría para tu descripción.

 

Llega la hora de almorzar, pero no tengo un horario fijo, tengo cuál niño de preescolar, consultarte cuando el break me puedo tomar. A veces se dan las 2:30 pm y aún no he comido, mis tripas me suenan, pero según tú no he llegado a mi objetivo. Cuando por fin salgo, 20 min nada más, 5 para ir al baño, 5 calentando la comida y 10 para almorzar o mejor dicho, la comida atragantar.

 

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Un día llegué a mi tope, me alcé. Me paré firme, estaba lista para enfrentarte, te pedí hablar en privado y no hizo falta. Supiste apagarme, me humillaste delante de toda la oficina. Hablaste fuerte "que lo escuchen todos y sirva de ejemplo", "el jefe soy yo, me parece que no quieres trabajar, y como tú hay miles que por este puesto están dispuestos a callar, si no quieres trabajar dímelo que es fácil de solucionar". Qué mal me sentí, era verdad, la renta necesitaba pagar, no me podía dar el lujo de renunciar.

 

El día que me enferme, dudaste de mí, me pediste que fuera o el presentismo y el día me ibas a descontar. Yo fui, pálida y adolorida, con un kit médico que las horas me permitiera pasar. 

 

Cuando mi papá enfermo ni de qué hablar, nunca te falte, mantuve mis problemas personales lejos. Sin embargo, cuando llegué a la oficina al pasar por tu lado, recuerdo hablabas con el gerente, cuál si yo no existiera entre risas tus palabras fueron "por lo menos puede trabajar". Días después mi papá falleció, pedí mis días de duelo y mis vacaciones, y antes de un ausente ‘’mi pésame, te acompañamos en tu dolor’’, sin los buenos días me dijiste "pásame el acta de defunción".

 

Tengo 5 años en este lugar, nunca he tenido la oportunidad de escalar, tampoco algo nuevo he podido aprender. El logro más grande que acá he alcanzado es tener 21 días de vacaciones. Me emociona el solo pensar ya que no te tendré que escuchar, pero ni eso sabes acatar, mensajes vienen y van mi espacio nunca supiste respetar.

 

Llegan las 6pm y quiero salir corriendo, mi cabeza y mi corazón gritan, cada vez me hago más pequeño. Siento que pierdo el tiempo.

 

Me preguntaste sarcásticamente ¿por qué renunciaría a mi trabajo? Pues qué te parece, porque este no es un trabajo, es la analogía de mi infierno.




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